“No somos lo que somos, sino lo que pensamos que somos”
Hace poco más de 100 días decidí dejar el alcohol tras 25 años en una relación complicada con esta sustancia. Este proceso, que relato en “La gran batalla”, me mostró que el alcohol era el principal obstáculo en mi desarrollo personal.
Durante esos 25 años, el alcohol se había entrelazado con mi identidad. Mi mayor temor al tomar esta decisión no era enfrentar un futuro incierto, sino perder mi pasado. Este miedo, que a menudo nos impide cambiar, surge de la preocupación por perder lo conocido.
El 21 de enero del 2024 tomé mi última gota de alcohol, y si bien ese día no lo sabía, se afirmaría todo en la selva una semana después en un retiro espiritual. Las primeras semanas fueron fáciles, la decisión había sido tajante y había sido tomada después de un largo periodo de introspección que me ayudó a reconocer que el alcohol era un mecanismo de defensa que me cuidaba de las heridas e inseguridades que había acumulado en la vida.
Con el tiempo, sin embargo, enfrenté desafíos inesperados. Sucedieron tres cosas que no esperaba y que me han hecho reflexionar mucho, que te quiero compartir en este ensayo.
La primera fue que empecé a percibir mucha irritabilidad e impaciencia. Me di cuenta de que mis emociones estaban a flor de piel, estaba totalmente abrumado por la cantidad de emociones que estaba percibiendo. Me di cuenta que, de manera inconsciente, usaba el alcohol como una manera de “adormilar” estas emociones.
Gabor Maté, en su libro “Scattered Minds: The Origins and Healing of Attention Deficit Disorder”, sostiene que el factor genético determinante en el desarrollo de adicciones es la sensibilidad. Las personas altamente sensibles son más susceptibles a las adicciones porque experimentan sus emociones con mayor intensidad, lo que a menudo las lleva a buscar formas de mitigar esa intensidad.
«La existencia de personas sensibles es una ventaja para la humanidad porque es este grupo el que mejor expresa los impulsos y necesidades creativas de la humanidad. A través de sus respuestas instintivas, el mundo es mejor interpretado. Bajo circunstancias normales, son artistas o artesanos, buscadores, inventores, chamanes, poetas, profetas. Habría razones evolutivas válidas y poderosas para la supervivencia del material genético que codifica la sensibilidad. No son enfermedades las que se heredan, sino un rasgo de valor intrínseco de supervivencia para los seres humanos. La sensibilidad se transmuta en sufrimiento y trastornos sólo cuando el mundo no puede atender las respuestas fisiológicas y psíquicas exquisitamente afinadas del individuo sensible.»
Los niños sensibles que crecen en un entorno controlado y amoroso tienden a desarrollar su potencial por encima del promedio; son niños virtuosos, muchos de los grandes genios de la humanidad eran seres humanos con un alto nivel de sensibilidad. Pero los niños que crecen en entornos caóticos tienden a desarrollar más heridas y traumas. Esto se debe simplemente a que las personas sensibles tienen mayor percepción de lo que sucede a su alrededor y, por ende, se potencializa el entorno externo e interno.
Al eliminar el consumo de alcohol, muchas de estas emociones dejaron de estar reprimidas y comencé a experimentarlas. Al principio fue difícil contener las emociones y comprenderlas, pero al cabo de un par de semanas, ya habitaban naturalmente en mí y he podido darles significado. Esto ha contribuido de manera importante a mi autoconciencia; simplemente soy más perceptivo de lo que sucede fuera y dentro de mí.
Segundo, uno de mis mayores miedos en este proceso ha sido perder muchas de las características de mi personalidad que valoro. A través del alcohol y de la desinhibición, encontré mi valía, mi simpatía, encontré también la conexión con muchos amigos, encontré la sinceridad, encontré la fiesta, los chistes, los bailes y la diversión.
Retomo la idea que mencionaba al principio. Las personas no le tenemos miedo al futuro, le tenemos miedo a que el pasado deje de existir. Mi mayor miedo era convertirme en alguien aburrido, poco interesante. Descubrir que tal vez, yo por dentro era alguien totalmente insignificante, un fraude sin valor alguno en este mundo. Esto verdaderamente me aterraba, sobre todo por mi marcada necesidad de significado.
Comencé a tomar a los 14 años cuando estaba en plena pubertad y cuando más inseguridades tenía. Empezar a tomar a esa edad es muy peligroso, no solo neurológicamente, sino socialmente. Hay muchos estudios sobre el daño que hace el alcohol al cerebro de los jóvenes y esto seguramente me afectó de manera relevante. Pero más allá de eso, al utilizar estas sustancias, desarrollamos ciertas “muletas” para nuestra autoestima y creemos que no podemos realizar estas actividades si no estamos tomando.
Este último fin de semana se casó mi primo Sebastián, que más que mi primo ha sido un pequeño hermano para mí. Confieso que tenía terror de ir a su boda, ya que era el primer evento social al que me tenía que enfrentar en esta nueva etapa de mi vida sin el alcohol.
Afortunadamente, poco antes de ir escuché este podcast del Dr Chatterjee con Andy Ramage, autor del programa “1YNB” (One year, no beer). Me quedó muy claro que muchas de estas percepciones sobre nuestra personalidad en torno a estas sustancias están claramente ancladas por nuestra propia experiencia y son ciertas solo en la medida que las creamos ciertas.
Bien dice el Dr. Alfonso Ruiz Soto que todo en esta vida es un acto de fe, y no por llevarlo a un plano espiritual ni religioso, sino de manera muy práctica ya que cuando crees que algo no es posible, es imposible por definición.
Por ello, me mentalicé que iba a disfrutar mucho, que iba a disfrutar desde otro lugar y que muchos de mis pensamientos alrededor del alcohol eran simplemente creencias limitantes que no había podido experimentar y que estaba dispuesto a retar. Sorprendentemente así fue. Si bien fue un evento que viví desde otro lugar, lo disfruté mucho. Cuando te quitas las “muletas” vuelves a aprender a caminar y casi seguro, lo harás mejor. Lo mejor de todo, fue sin duda el apoyo y contención de todos mis seres queridos.
El tercer fenómeno que he identificado son los ciclos de dopamina que de manera inconsciente desarrollamos alrededor de estas sustancias, de nuestros hábitos y estilos de vida. Yo había condicionado por muchos años a mi cerebro a recibir un estímulo fuerte de dopamina todos los viernes por la tarde, como muestra del esfuerzo de la semana que se retribuía en forma de mi primer tequila bien acompañado por una michelada helada con muchas salsas y limón.
La anticipación de este momento generaba en mí una secreción importante de este neurotransmisor que le indicaba a mi ser que había sido exitoso en la semana. Por ello, vivía esperando ese momento toda la semana.
Al dejarlo, mi cerebro se sentía defraudado, ya no tenía ese estímulo qué había tenido por décadas. Estuve un par de semanas sintiéndome poco motivado y no identificaba el por qué. Hasta que tuve la dicha de platicar con mi querido amigo Alan Abruch, quien me hizo ver este patrón que no tenía identificado. Me platicó la importancia que tienen estos ciclos en la vida y también me sugirió crear un nuevo patrón de manera intencional para atender esa necesidad humana.
Esta reflexión me llevó a evaluar mi propia vida. Me di cuenta de que, por años, había estado atrapado en un ciclo de dopamina que me impulsaba a “esforzarme” durante toda la semana, esperando la llegada del viernes como una recompensa. Vivía cinco días «sufriendo» para disfrutar solo unas horas de alegría, solo para luego necesitar recuperarme de los estragos de los tequilas todo el fin de semana.
Este ciclo me hizo ver la trágica realidad en la que estaba sumido, siempre anticipando el futuro y no disfrutando del presente. Todo mi ser estaba condicionado a esperar ese primer trago de tequila del viernes. ¡Qué gran tragedia!
Ahora, he reemplazado esas tardes de tequila por un ritual diario de ejercicio, meditación, contemplación, presencia y reflexión, además de pasar tiempo valioso con mi familia. Lo más extraordinario es que he incrementado la frecuencia de estos momentos a diario, multiplicando por siete la percepción de felicidad en mi vida. Esto no solo me permite vivir plenamente el presente, sino también apreciar cada día el milagro de esta vida.
Por último y sin duda lo más importante…
¡Me siento mejor que nunca! Mi autoestima ha subido de manera considerable. No me había dado cuenta el daño que le hacía cada borrachera a mi amor propio. Cada vez que tomaba, poco a poco iba destruyendo la percepción qué tenía de mí mismo. Hoy me caigo mucho mejor a mi mismo.
Pero el cambio va más allá de lo psicológico. Hace unos días, en mi chequeo médico semestral, los resultados fueron muy buenos. He vuelto a niveles normales en saturación hepática, mejoré mi sensibilidad a la insulina, eliminé la inflamación crónica y, aunque he compensado la falta de alcohol con algo más de comida y estoy un poco sobre mi peso ideal, hasta mi querida amiga y coach, Clau Zaragoza, me felicitó. ¡Con todo y todo!
Mis niveles de energía están por las nubes, mi sueño ha mejorado enormemente, especialmente en calidad. Mi humor está revitalizado, estoy menos reactivo y mi claridad mental es impresionante.
Me estoy redescubriendo en esta nueva etapa y ha sido muy revelador vivir «despierto». Después de esta experiencia, me queda claro que no somos lo que somos, sino lo que pensamos que somos. Hay tanto que desconocemos sobre nosotros mismos. Debemos atrevernos a explorar más y a cuestionar nuestras creencias; las sorpresas pueden ser enormes.
Para finalizar, te dejo con esta pregunta: ¿cómo sería tu vida sin tomar alcohol? Tal vez te sorprendas gratamente si lo intentas por 100 días.