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El Avatar

Javier Morodo
Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es Avatar. La cinematografía es espectacular.

Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es Avatar. La cinematografía es espectacular, pero el mensaje que hay detrás siempre ha cautivado a mi alma: “Todos estamos conectados, todo y todos somos uno.”

Muy dentro de mi alma creo firmemente en ese concepto, todo y todos somos uno. Todo y todos somos amor. Esta es una realidad que en muchas ocasiones me cuesta trabajo percibir. Pero en mis momentos de consciencia, algo dentro de mí lo sabe. 

La palabra Avatar tiene raíces etimológicas que la asocian con representaciones de líderes espirituales. Pero en el mundo moderno, el uso más común de la palabra es la representación gráfica que simboliza a un usuario en entornos digitales. Es decir, se trata de una imagen asociada a una identidad en línea que puede ir desde una fotografía, dibujos artísticos o incluso representaciones tridimensionales.

Este significado siempre me ha resonado con la percepción que yo tengo de otro concepto abstracto que a veces es difícil conceptualizar: el ego. 

En latín, la palabra ego significa yo, pero en psicología el término se utiliza para hacer referencia a la instancia psíquica que permite que un individuo se reconozca a sí mismo y a su propia personalidad. Su presencia y fuerza están determinadas por una combinación de factores internos: pensamientos, emociones, necesidades y de factores externos: entorno, la reacción de los demás hacia usted, influencias sociales.

Para mí ha sido más fácil asociar el concepto del ego al de un avatar. Es una simple representación de una identidad con la que YO me asocio a MÍ mismo, y de la misma forma cada ser humano hace lo propio. 

Muchas veces asociamos el ego con temas negativos, ya que hemos tipificado a la gente “egoísta” como personas que son tóxicas para la sociedad. Conductas perversas como cuando una persona asume que es más importante que otras, este comportamiento se vuelve adictivo. Empieza a perder perspectiva de sí y de los demás, hay un distanciamiento producido por querer demostrar qué tan valioso se es, afirmar que siempre tiene razón, y también que los demás lo validen.

Pero la realidad es que eso no es una deficiencia del ego. Es una deficiencia del nivel de consciencia de la persona y de la sociedad. El ego, solo es. La interpretación y la causa raíz del comportamiento es lo que puede estar afectado, no el concepto. 

La ilusión del ego es lo que nos hace olvidar quiénes somos realmente. Así como en Avatar, donde los personajes humanos usan avatares para habitar un mundo nuevo, nosotros también creamos una identidad —nuestro propio avatar— para movernos en este plano de la vida. Este avatar, nuestro ego, no es ni bueno ni malo. Es simplemente una herramienta, una representación que nos ayuda a interactuar con el mundo que nos rodea. Pero el problema surge cuando confundimos esa representación con nuestra verdadera esencia.

El ego, como cualquier avatar, es limitado. Nos define de manera temporal, basándose en lo que creemos, lo que poseemos y lo que los demás piensan de nosotros. Pero hay una realidad más profunda: no somos lo que pensamos que somos. No somos solo un nombre, un cuerpo, o los logros que acumulamos. Somos conciencia pura, energía conectada con algo mucho más grande. Así como Jake Sully en Avatar finalmente se da cuenta de que su vida como humano es solo una pequeña parte de su existencia, nosotros también podemos despertar a una realidad mayor.

Cuando dejamos de identificarnos con el ego, dejamos de luchar contra los demás, dejamos de compararnos, dejamos de sentirnos insuficientes. Empezamos a vivir desde una conciencia de unidad, reconociendo que, en el fondo, todos somos uno. Al igual que los Na’vi en Pandora, nuestra verdadera fuerza proviene de nuestra conexión con los demás y con la vida misma.

No es cuestión de eliminar el ego, sino de integrarlo conscientemente. Es entender que el ego es solo un vehículo, no el conductor. Cuando tomamos el control de nuestra narrativa y recordamos quiénes somos realmente, dejamos de vivir en la ilusión de la separación y comenzamos a experimentar la vida en su totalidad. Al final, tal como dice Jake Sully en Avatar: «Veo en ti». Y al verte, me veo a mí mismo. Porque en el fondo, somos uno.

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