Se acaba el año, y con él llega ese sentimiento de nostalgia y esperanza que caracteriza cada diciembre. Es el momento de mirar atrás, valorar lo vivido y abrazar lo que dejamos detrás, pero también de soñar con lo que está por venir. Cada cierre de ciclo nos invita a reflexionar, a renovar nuestras metas y a recordar que en cada final hay un nuevo comienzo esperando ser escrito.
Pensamos en la vida, celebramos nuestros logros, reconocemos nuestras áreas de oportunidad, honramos a quienes ya no están con nosotros y, sobre todo, festejamos la vida. Hacemos planes, visualizamos, comemos uvas, agradecemos, creamos propósitos y nos comprometemos, al menos en espíritu, a construir la vida de nuestros sueños. Son momentos de esperanza y emoción pura. Es, simplemente, increíble.
Y, al mismo tiempo, es increíblemente trágico…
Porque, seamos honestos, ¿Acaso necesitamos que llegue el “31 de diciembre” para tomarnos en serio nuestra vida? ¿Por qué tenemos que esperar 365 días para perdonar, para agradecer, para decir “te quiero”, para comprometernos con nosotros mismos y con lo que realmente importa?
La gran lección de este año para mí es simple: la vida se vive diario. Todos los días.
Y sin embargo, aquí estamos. Atrapados en esta narrativa absurda que nos vendieron: “Sacrifica la vida para vivir en el cielo”, “Sacrifica el presente para merecer un mejor futuro.” Una gran mentira. Porque la vida no se trata de esperar a que llegue el fin de semana, las vacaciones o el próximo “año nuevo” para ser feliz. La vida ya es el cielo, aquí y ahora.
Nos cuesta aceptar nuestra naturaleza efímera, aceptar que nuestro tiempo en esta tierra está limitado. Así que lo gastamos persiguiendo cosas que, en el fondo, no nos llenan: dinero, poder, estatus. Trabajamos como máquinas. Nos desgastamos día y noche para comprar cosas que no necesitamos y para impresionar a gente que no nos importa. Todo mientras la vida real pasa frente a nosotros, esperando a que decidamos vivirla.
Yo lo sé porque lo viví. Durante casi dos décadas, me compré ese cuento. Me obsesioné con el éxito y con acumular. Y sí, lo logré. Dinero, poder, reflectores, estatus… Todo lo que creía que me haría feliz, pero estaba equivocado. Por fuera, era un “crack”. Pero por dentro, estaba roto, destruido. Ansiedad, adicciones, soledad, vacío, falta de amor propio y de sentido de vida. Pero yo no lo veía. Estaba tan sumergido en esa historia, que creía ciegamente que ese era el precio a pagar.
Hasta que todo se derrumbó. La vida, con su sabiduría infinita, me mandó señales una y otra vez. Y yo las ignoré. Hasta que no pude más. Perder el trabajo de mis sueños fue el golpe que me obligó a despertar. No fue algo que yo elegí, simplemente sucedió. Y en ese momento entendí que tenía dos caminos: despertar o morir.
El camino del despertar es complejo. Es una travesía de introspección que exige valentía, humildad y compromiso. En mi viaje me enfrenté a heridas que llevaba años enterrando. Heridas muy profundas que venían desde mi infancia. El abandono de mi padre y la falta de amor en casa. Heridas que aprendí a observar, agradecer y honrar porque, paradójicamente, me han hecho ser quien soy.
Porque la verdadera tragedia no son las heridas. Ni las caídas. Ni las pérdidas. La verdadera tragedia es vivir dormidos. Desperdiciar nuestros días pensando que la felicidad está allá adelante, en el “algún día”, en el “año nuevo”. La tragedia es vivir inconscientes, incapaces de observar y apreciar la realidad pura y dura. Comprender que ya estamos viviendo el milagro. Hoy, aquí y ahora.
Hoy, 31 de diciembre, decidí hacer algo distinto. Nada de fiestas, nada extraordinario. Hoy elijo celebrar lo cotidiano, celebrar lo ordinario. Esta noche, me quedaré en casa, haremos una pijamada en familia, veremos una película y nos dormiremos temprano. Porque no necesito nada más. Porque este año comprendí que la vida no se vive en los grandes momentos, sino en los pequeños. En lo ordinario, en lo cotidiano, en esos pequeños momentos que componen el día a día. Esa es la verdadera riqueza.
Por eso hoy te deseo que no tengas que esperar al próximo año para ser feliz. Que no necesites un “año nuevo” para perdonar, para agradecer, para amar, para VIVIR. Que todos tus días vivas al máximo. Que todos tus días sean un renacer. Porque algún día, uno de ellos será el último.
Hoy cambio el ¡feliz año nuevo! por ¡feliz vida!